Arxivar per Jacques Lacan

Els preliminars de Lloveras

Posted in Enrique Vila-Matas, J. V. Foix, Marcel Proust, Postil·les, Xavier Lloveras with tags , , , , , , , on Abril 2, 2009 by joantdo

Un dels models secrets d’aquest quadern és el pròleg que va fer Xavier Lloveras per a Les illes obstinades. La història és curiosa: un perfecte desconegut (només hi ha notícia, donada per Joan Mas i Vives, d’una mena de pastitxos presentats uns anys abans en un premi on el crític mallorquí era jurat) es presenta al Carles Riba, i el guanya per a sorpresa de tothom, fins i tot d’ell mateix, que ni tan sols havia acudit a l’entrega. Mirat ara (i, en el meu cas, després d’un parell d’anys d’immersió en Carner, passats els quals tot em sonava a fusta), alguns versos grinyolen; el propi autor, en recuperar-ne per a alguna antologia, els ha alterat dràsticament.

En el pròleg, però, evoca una sèrie d’anècdotes. No parla del llibre. No parla de si mateix. En primer lloc, inclou un article de Serra d’Or sobre el rodatge de Suddenly, last summer a Begur. En segon lloc, ens informa de les discussions sobre la identitat d’Homer. En tercer lloc, explica la trobada entre Salvador Dalí i Jacques Lacan. Però la primera secció acaba així, bastint una comparació entre el poeta de la pel·lícula de Mankiewicz i J.V.Foix:

el vertader poeta no sacrifica a la deessa blanca, no escriu als quartos freds de l’hivern, no es refugia a les nits tancades; surt a ple sol, cada estiu, a rebre els blancs i els blaus intensos i els records encesos.

També la digressió sobre Homer desemboca en una altra cosa:

Una fòrmula homèrica pot desplegar tot el món aqueu; una paraula que no havíem sentit des de petits, ens torna (ens torna, no ens recorda) els colors i les olors, la realitat hiperestèsica de la infància; un terrat amb testos vermells (molts de petits on brilla el vermell dels geranis, un de molt gros amb menta i xeringuilla) i un safareig cobert de verdet llefiscós (…) No són, però, com en el cas de Proust, unes sensacions externes les que desperten un món, sinó només unes paraules que conserven, en el seu ritme i els replecs harmoniosos de les síl·labes, una càrrega semàntica que no trobem al diccionari. És la capa de lava que ha preservat aquelles ruïnes. (Vegin, de fet, la secció VI del llibre, a banda dels poemes “Terrat I” i “Terrat II”)

El tros sobre Dalí es gira contra una certa idea d’avantguarda:

Jacques Lacan ha resumit, en una màxima de tall siscentista, una idea bàsica per l’escriptor: l’inconscient està estructurat com un llenguatge, l’informe automatisme psíquic surrealista ensenya, des d’aquest aforisme, el seu ridícul atroç. Dalí ens recorda, i és una lliçó imprescindible davant el caos d’artistes barruts i d’escriptorets essencialistes o simplement “moderns” que ha inundat el nostre segle, que l’art és bàsicament tradicional i necessàriament laboriós.

I la secció X bramarà:

¿No m’he de capbussar i, entre els incerts moderns,

glossolàlic o imbècil, jeroglífics abstrusos

amb joc armar de planys, plors i xiscles confusos,

asintàctics i afòtics, disgraciosos i externs?

¿O entre el text i la brossa badallar mil sextines,

fer un fogall merescut d’escleròtics sonets

o, sense punts ni comes (ja no m’aguanto els pets),

escriure cinc mil llibres amb rocs i vaselines?

(…) O amb decasíl·labs blancs, esllanguits, assenyats,

a mitja veu, humil, amb el cap cot, inane,

timbrar el fràgil examen d’aquesta terra insana

– pàtria o nació? – i els àrids vells amors caducats.

O al·literar estantís clares inconcreteses

amb rimes dures, cares – tres mil cada parell – ,

o amb versos clars, desfets, entre el cant i el consell,

explicar els orgasmes i les flaccideses.

 

En el moment d’aquest atac, certament, me’n separo (és, no m’ho negaran, molt de l’època), però no gaire. Algú, per cert, podria enviar-li una carta a Vila-Matas, respecte a Xavier Lloveras; perquè això de perdre un escriptor per guanyar un llibreter…

Fermesa mentidera de l’espill

Posted in José Lezama Lima, Postil·les with tags , , , , , on gener 28, 2009 by joantdo

Vegin:

MUERTE DE NARCISO

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua alfilereada?
Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.
El espejo se olvida del sonido y de la noche
y su puerta al cambiante pontífice entreabre
Máscara y río, grifo de los sueños.
Frío muerto y cabellera desterrada del aire
que le crea, del aire que le miente son
de vida arrastrada a la nube y a la abierta
boca negada en sangre que se mueve.
Ascendiendo en el pecho sólo blanda,
olvidada por un aliento que olvida y desentraña.
Olvidado papel, fresco agujero al corazón
saltante se apresura y la sonrisa al caracol.
La mano que por el aire líneas impulsaba
seca, sonrisas caminando por la nieve.
Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol
enterrando firme oído en la seda del estanque.
Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,
aguardan la señal de una mustia hoja de oro,
alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.
Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.
Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas
islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.
El río en la suma de sus ojos anunciaba
lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía
Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,
arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.
Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.
Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:
los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.
Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira
por espaldas que nunca me preguntan, en veneno
que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.
Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla
y como la fresa respira hilando su cristal,
así el otoño que en su labio muere, así el granizo
en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,
que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago
le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.
La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa
extiende y el aislado cabello pregunta y se divierte.
Fronda leve vierte la ascensión que asume.
¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,
que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?
Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,
los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.
Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,
forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.
Triste recorre – curva ceñida en ceniciento airón
el espacio que manos desalojan, timbre ausente
y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.
Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas
batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.
Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.
Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.
Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.
Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.
Orientales cestillos cuelan agua de luna.
Los más dormidos son los que más se apresuran,
se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.
Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona
los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.
Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma
y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.
Una flecha destaca, una espalda se ausenta.
Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.
Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.
Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.
Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas
en su cárcel sin sed se destacan los brazos,
no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos
confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.
Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran
al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan
los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.
Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido
en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.
Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.
Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno
tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.
Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,
despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,
guiados por la paloma que sin ojos chilla,
que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.
Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido
el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.
Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica
destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.
La nieve que en los sistros no penetra, arguye
en hojas, recta destroza vidrio en el oído,
nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,
huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.
Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,
donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.
Mas esforzado pino, ya columna de humo tan aguado
que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.
Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado
son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.
Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,
labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.
Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas
ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.
Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,
espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.
Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.
La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,
abre un olvido en las islas, espada y pestañas vienen
a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.
Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,
esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden
al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada
busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.
Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.
Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.
Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.
Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,
que coloreado espejo sombra es de recuerdo y minuto del silencio.
Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.
Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.
Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.

Mirin el vers 17. És d’aquells versos que, almenys a mi, que no em sé mai els poemes de memòria (cosa poc lluïda al final dels àpats), se m’han quedat arrapats durant anys, de vegades sense saber ni qui els havia escrit (d’aquest ordre és “Quin serà el cos que gosarà morir”). I l’he tingut a la memòria sabent amb prou feines quin és el seu sentit (el significat, en canvi, és clar: hi ha un rostre, el de Narcís, reflectint-se en l’aigua). Curiosament, el mateix em passa amb “la perfección que muere de rodillas”, “Ah, que tu escapes en el instante / en el que ya habías alcanzado tu definición mejor” o “Lento es el mulo. Su misión no siente”.

Al llarg dels versos, l’espill va surant, reapareixent en el moviment que el propi poema enuncia (“en su fuga ascendiendo”), la pròpia fuga en crescendo on els decasíl·labs i alexandrins (tradueixo a mètrica catalana) organitzats en octaves vagament reials van desordenant-se, amplificant-se en la mètrica complexa del final (tractin d’escoltar la música d’aquest poema; és sublim), alhora que els elements (les ales, la garsa, etc.) van anant i tornant. Com una marea on tot ho és tot: “Las astas del ciervo asesinado / son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados”.

Allò que hi ha aquí en joc és la identitat: si les banyes són qualsevol cosa, Narcís en canvi no s’adona que la imatge al riu és ell (encara no s’ha objectivat), i la desitja. Però com que el riu (aquí una mena d’Aleph) va cap a la mar, aquest moviment de desig és una mena de retorn vertiginós a l’úter, alhora que una pèrdua de la individualitat pròpia. Narcís, aquí, aliè a l’engany edípic, es fon amb la natura, magmàtica, caòtica, indiferenciada; tot el poema és la iniciació a això. Ser el paisatge: això calia…